Por Dª Silvia Stretti (Psicóloga Clínica)
¿Alcohólico yo? “Sí, bebo, pero nunca me emborracho”.
“Yo controlo el alcohol. Si quisiera, dejaría de beber, pero
sigo porque me gusta”.
“He venido porque me obligó mi jefe. Dice que si no, no me
quiere ver más por allí, pero en cuanto me den un certificado, me
largo, porque yo no tengo ningún problema”.
“Mi mujer me amenaza con dejarme si sigo bebiendo. Yo le digo
que exagera, no es para tanto”.
Éstas y muchas frases similares escuchamos a diario quienes
nos especializamos en el tratamiento de personas que tienen problemas
con el alcohol. La mayoría de las veces vienen obligadas por sus familiares
o sus jefes. A pesar de que quienes les rodean
saben perfectamente que su consumo de alcohol sobrepasa en mucho lo
“aceptable”, ellos intentan negar su enfermedad.
No lo hacen porque quieran engañarnos o engañar a los que
les rodean; se engañan ellos mismos, porque es muy doloroso reconocer
que se ha perdido la libertad frente al alcohol.
Como cualquier otra adicción, el alcoholismo es una enfermedad,
no es un vicio ni una desvergüenza. Un alcohólico no bebe porque le
da la gana, sino porque no puede dejar de hacerlo.
Sufre una dependencia, tanto física como psíquica. Necesita
el alcohol para poder funcionar como ser social, esto es, para poder
trabajar, pedir un aumento de sueldo, presentarse a un examen o enfrentarse
a cualquier situación cotidiana.
Pero esto no surge de repente. Se empieza por beber socialmente,
porque todos lo hacen, porque el alcohol acompaña casi todos los eventos
importantes de nuestra vida; una cena agradable; una salida con amigos,
una boda o un nacimiento, y hasta un funeral. Aunque n o nos gusten
los borrachos, no nos fiamos de los abstemios.
Algunas personas descubren que en una primera etapa les ayuda
a vencer su timidez, a soportar un trabajo monótono o mal remunerado,
una relación deteriorada en casa, etc. Comienzan a “utilizar” el alcohol
para fines que no consiguen por sus propios medios, o que se creen
incapaces de alcanzar.
Pero caen en una trampa: La sustancia en que confían les produce
un daño cada vez mayor. Así cada vez van necesitando más y más alcohol.
Al final éste deja de ser útil para el objetivo primario, pero ya
no se puede prescindir de su consumo: Se ha instalado la dependencia,
la enfermedad.
A partir de ese momento, el alcohol genera un progresivo deterioro
físico y mental en el individuo, e importantes consecuencias familiares
y sociales.
El alcoholismo es una enfermedad crónica (para toda la vida)
y grave, que puede llevar a la muerte si no es detectada y tratada
a tiempo. Sin embargo, tanto los profesionales como el resto de la
gente suelen desconocer la importancia de sus consecuencias, de su
diagnóstico y tratamiento.
Algunos médicos, por ejemplo, se limitan a decir al enfermo
que debe dejar de beber o moderar su consumo. Precisamente lo que
el alcohólico no puede hacer.
Los familiares y amigos asumen el problema con resignación,
creyendo que es una “cruz” que les ha tocado y que deben “aguantar”,
o bien les reprochan lo poco que les importa la familia y el perjuicio
que les causa.
Todo esto no cambia en nada la situación, porque para comprender
el problema del alcohol es necesario liberarse de prejuicios y de
críticas morales, que el propio enfermo ya se hace a sí mismo cuando
está sobrio y se propone seriamente no volver a beber.
En cambio, si tenemos claro que el alcoholismo es una enfermedad,
comprenderemos la importancia de detectarla a tiempo, y de comenzar
el tratamiento adecuado en los sitios donde tienen los medios y conocimientos
necesarios para ayudar al alcohólico a salir de ella, y a volver a
disfrutar de aquella libertad que a veces parece irrecuperable.